El riesgo y el placer. Cuando sé que no es bueno pero sigo comiéndolo

Imagínate un cerebro. Tu cerebro. Está lleno de cosas, neuronas, materia gris, recuerdos y conocimientos, todo bien empaquetado bajo 3 capas blandas y 1 dura, para que nada se escape. Dentro de esa marabunta está también tu forma de interpretar y percibir las cosas que suceden a tu alrededor. Y entre ellas el cómo percibimos el riesgo. Qué cosas nos resultan amenazantes y qué cosas no.

El cerebro tiene la capacidad de visualizar situaciones futuras, ponerse en el lugar de tu futuro-yo y valorar los pros y los contras de ciertas acciones. Si lo extrapolamos a las acciones alimentarias… ¿qué sucede con los productos alimenticios con excesos de azúcares y grasas de mala calidad, si sabemos que son perjudiciales? ¿Por qué los tomamos cuando ya nos han contado que son malos? ¿Qué es lo que pasa cuando, aún a sabiendas de sus perjuicios, comemos comida insana?

No necesitamos que nos digan nada. Fruta y verdura todos los días, no comer muchas porquerías, madre mía, si eso lo sabe todo el mundo, ¿qué me vas a contar tú? ¿Por qué, sin embargo, nos cuesta hacerlo? Dejando a un lado la Gran Desinformación que intencionadamente sucede con nuestra alimentación, dejando a un lado que los supermercados estén llenos de productos que se comen pero no de comida… Imaginemos que ya sabemos todo esto. Somos personas del siglo XXI, hemos leído algunas desmitificaciones sobre mitos alimentarios y no nos la dan con queso, o no tanto como antes. Sabemos que el consumo continuado de azúcar es malo para la salud. Sin embargo, seguimos sin hacer cambios sustanciales en nuestra alimentación. Si yo ya sé que es malo, pero es que está rico. ¿Por qué no podemos parar?

El riesgo inmediato y el riesgo futuro

El exceso de azúcar se relaciona con chorricientas cosas no muy buenas, como la diabetes, el sobrepeso u obesidad, el riesgo cardiovascular o incluso el cáncer. Enfermedades a largo plazo, lejanas y borrosas, que le pasan a otras personas pero a ti, a tu familia y a tus amigos, no. No suele reportar ningún riesgo a corto plazo, si eso lo contrario, porque consumir productos ultra-saborizados nos reporta tal placer que preferimos asumir el riesgo o simplemente ni nos acordamos de él. Total, no significa que vaya a pasar, es una probabilidad.

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Esto es lo que estamos haciendo al comer comida (y bebida) basura semana sí semana también: tener más papeletas para ciertas enfermedades.

Esta visión laxa del riesgo ante algo no sucedería si no hubiese placer de por medio.

No asumimos un riesgo si no nos vale la pena, si no obtenemos algo bueno a cambio que lo compense. Esto está bien si quieres probar cosas nuevas, no sé, hacer puenting, pero la comida basura, ¿tantos beneficios nos da? ¿Cuáles? Sólo placer que, todo sea dicho, podemos obtener de otro tipo de comida o de otro tipo de actos. Parémonos a pensar un momento en el placer.

Abriendo paréntesis para la neurociencia

En neurociencia, existe una forma de clasificar las estructuras cerebrales, la cual divide al cerebro en 2: el sistema frío y el sistema caliente. El sistema frío se sitúa en la corteza cerebral, la zona del razonamiento y el aprendizaje, mientras que el sistema caliente podría situarse en la amígdala, una pelotilla que se encuentra muy cerca de la base de nuestro cerebro y forma parte del sistema límbico, el cual responde a impulsos más instintivos; gracias a ella te entra el hambre para que no te mueras, entre otras cosas. Estas dos regiones son plásticas, es decir, maleables, se desarrollan (reversible o irreversiblemente) en función de muchos factores, y lo que comemos es uno de ellos (los eventos estresantes o traumáticos podrían ser otro factor, por ejemplo).

Existen en nuestro cerebro ciertos neuropéptidos (sustancias, vamos) que están implicadas en la regulación del placer, como la dopamina o la serotonina. Estas sustancias forman parte del conocido como ‘’sistema de recompensa cerebral’’, un sistema por el cual nos sentimos bien tras realizar determinadas acciones gracias a la  liberación de ‘’hormonas del placer’’. La comida es capaz de alterar el sistema de recompensa, pudiendo desarrollar cierto grado de dependencia a ciertos tipos de alimentos, porque la liberación de sustancias placenteras en tu cerebro ha quedado condicionada al consumo de esos productos. Esto suele suceder con productos alimentarios con contenidos ingentes de azúcar o sustancias endulzantes o saborizantes (el glutamato, por ejemplo).

Reducir el consumo de comida ultra procesada te permitirá enfrentarte a la comida sin impulsividad, sin ansia

Todo ello puede terminar afectando la actividad a nivel bioquímico en tu cerebro, exaltando la actividad del sistema caliente (placer) y disminuyendo la del sistema frío (razonamiento). Por eso, cuando nos sentimos ansiosos por comer algo en concreto (no confundáis esto con el hambre), lo vivimos como algo irracional. No puedo evitar comerme esto ahora mismo. Lo necesito y lo necesito ya.

Simplificación muy simplificada del cerebro. Es todo muy complejo ahí dentro. Fuente foto: http://clipartsign.com/image/1833/ 

El consumo continuado de comida (y bebida) ultraprocesada, con exceso de azúcares, grasas perjudiciales y saborizantes, moldean nuestra actividad cerebral. Menos consumo de comida basura, menos dependencia a ella para obtener placer, menos impulsividad y descontrol en nuestro acto de comer.

¿Cuál es la idea? Que el consumo continuo de comida ultra procesada (snacks, bollería, galletas, dulces, precocinados, refrescos…) merma tu capacidad de decisión, porque el placer termina siendo el único criterio que tu cerebro usa para decidir qué vas a comerMe como esto porque está bueno y ya está. Esto se llama impulsividad.

Cerrando paréntesis

Lo que en realidad sucede es que es difícil ponerse en el lugar de tu Yo del futuro. Cuanto más control tenga nuestro sistema frío racional, cuanta más capacidad tengamos de visualizar un Yo con diabetes, un mi padre con un infarto, un mi hijo hospitalizado por hígado graso, más control tendremos sobre lo que comemos. Más control tendremos sobre la impulsividad que promueve nuestro sistema caliente. Porque, no olvidemos, estos rasgos de los que hablamos son maleables, son plásticos, se pueden entrenar. Podemos entrenar a nuestro cerebro para que sea menos impulsivo y, poco a poco, se irá convirtiendo en un hábito, en una costumbre.

La impulsividad es un rasgo que se puede modificar. 

¿De qué me sirve todo esto? 

Si dejamos o comemos menos comida basura, nuestros sistemas de recompensa cerebrales dejarán de depender de ella para obtener placer. Empezaremos a segregar las hormonas del placer por otras cosas que no sean comida ultra-saborizada con azúcar, sal, endulzantes o saborizantes. Segregaremos hormonas del placer tal vez cuando acariciemos a nuestro perro, cuando leamos un libro emocionante, cuando encontremos una actividad física que nos apasione. Y entonces, tu cerebro empezará a cambiar lenta, lenta pero inexorablemente. Tu sistema frío, el racional, estará mas desarrollado y, cuando te enfrentes a comida basura, tendrás más armas para saber si realmente la quieres tomar o no.

Es decir, existe una pequeña parte dentro del cambio de hábitos que es bioquímica, que no depende de ti directamente, que surge con el tiempo. Es otra de las razones por las que tomarse tu cambio de hábitos con paciencia es buena idea.

No hace falta que cambies de la noche a la mañana. Con que empieces a ser consciente del porqué de tus actos (¿por qué como esto ahora? ¿tengo hambre de verdad? Cómo era eso de lo frío y lo caliente…) estás empezando a engendrar un cambio dentro de ti, que aunque tarde 1, 2, 3 o 4 años en llegar, habrá merecido la pena, siempre.

¡Gracias por leerme!

*No sé por qué he tardado tanto en publicarla, pero esta fue la primera entrada que escribí para este blog, antes siquiera de que existiese o tuviese nombre. ¡Me hace ilusión!*

6 comentarios

  1. Sin duda un gran post! Impulsividad arraigada por adoctrinamiento de la sociedad… se ve resultado (placer) y no proceso…
    Una nutri que te admira y que comparte tu ilusión de la creación del blog.
    Muá.

    Le gusta a 2 personas

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